integraci?n y los m?s pobres no se atreven a proponerse como meta la mejora social, en su obsesi?n por conseguir la necesaria competitividad de un mercado ?nico.
Y a este nuevo escenario es lo que se ha venido llamando Globalizaci?n de la sociedad moderna.
La palabra designa hechos reales, pero tambi?n una ideolog?a que es esgrimida como un arma para justificar, prolongar o acelerar situaciones injustas.
La Globalizaci?n es un proceso de interconexi?n financiera, econ?mica, social, pol?tica y cultural, acelerada por la facilidad de las comunicaciones y por la incorporaci?n institucional de tecnolog?as de informaci?n y comunicaci?n.
Es un proyecto de Mundializaci?n. ?
Para algunos autores ?Chesneaux y Wallerstein- el advenimiento de este fen?meno en la sociedad moderna se remonta hacia finales del siglo XV, con el encuentro violento y traum?tico entre Europa y Am?rica y la consiguiente extensi?n compulsiva de las fronteras del comercio hacia las regiones colonizadas, que contin?a con la expansi?n capitalista imperial Brit?nica y Norteamericana, hasta hoy que se inaugura una versi?n globalizadora que es vehiculizada a trav?s del paulatino desarrollo tecnol?gico e inform?tico.
Para Giddens y Albrow, los cambios econ?micos y tecnicos iniciados hace cinco siglos, necesitaron para volverse globales establecer mercados mundiales de las comunicaciones y del dinero, como ocurre desde mediados del siglo XX. ?Somos la primera generaci?n que tiene acceso a una era global? (Giddens).?
Sea como sea, el proceso que, de forma te?rica, encierra un gran potencial para fomentar el bienestar econ?mico y promover relaciones humanas, induce a cambios que, en este momento, acrecienta la exclusi?n de regiones, comunidades y culturas enteras.
En el orden cultural, parecen eclipsarse las ideolog?as y arrastrar en su ca?da a los grandes ideales. Este fen?meno brinda la oportunidad de ampliar el horizonte de cultura y valores de personas y comunidades pero, en realidad, extiende una cultura de virtualidad en la que se combina el relativismo y la pasividad. El tiempo libre de los j?venes y adolescentes, de forma especial, se llena con experiencias virtuales que pueden llegar a engendrar una confusi?n entre ficci?n y realidad.
La cultura del consumismo global suministrada por la industria del entretenimiento induce cambios de valores y comportamientos adictivos, propagando una masificaci?n que tiende a inhibir el pensamiento.
La estandarizaci?n global promovida por las industrias culturales medi?ticas ha uniformado la masa de individuos, eliminando los rasgos del sujeto que diferencian los grupos dentro de un sistema social.
Frente a la demanda de rasgos identificativos de la sociedad, la industria cultural elabora productos con ciertos rasgos que no var?an el producto est?ndar, pero permiten la diferencia necesaria en el objeto para que los grupos puedan reunirse alrededor de ?l con la ?nica finalidad de? autoidentificarse a trav?s de su consumo.
Un ejemplo muy claro de esto podr?a ser BMW o AUDI. Estas marcas son s?mbolos de prosperidad frente a SEAT o HYUNDAI, y, en principio, solo podr?n ser accesibles y consumidos por los individuos con mejor situaci?n econ?mica, siendo el pretexto medi?tico la seguridad, potencia y espacio. Si una caracter?stica es fundamental para la industria automovil?stica, es la seguridad: si los coches BMW o AUDI son los m?s seguros del mercado, todos los coches deber?an cumplir con la ingenier?a de estas empresas, ya que los dem?s coches son peligros en potencia para cualquier conductor hasta para los que circulen con AUDI o BMW. Luego, ?para qu? pagamos tanta seguridad si en las carreteras ya existen peligros insalvables? Si pretendemos eliminar el peligro de las carreteras deberemos tambi?n eliminar los coches peligrosos. Evidentemente, esto es imposible por una aceptada l?gica de mercantilizaci?n de la vida en todas sus direcciones.
La clase social es un bien que se consume a trav?s de los bienes materiales y no se hereda por nacimiento como en otros tiempos.
Los individuos se han convertido en diversos ?segmentos de mercado», potenci?ndose h?bitos y formas de identificaci?n comunes y diferenciados.
En este contexto, resulta demasiado f?cil reaccionar como censores y acusar a los j?venes de inconscientes, que es la acusaci?n que tienen m?s a mano los propietarios de certezas inmutables. La publicidad y los signos de consumo no dicen la «verdad» de las cosas o su «realidad», y todo lo que podemos escoger es para acabar sometidos a determinados est?ndares. Pero pretender salir de esto es entrar no s?lo en un vac?o sin respuestas, sino alejarse de la realidad de la vida.
El consumo ha pasado, pues, a ser un horizonte cultural. Recibir bienes y servicios es experimentado como un derecho, en una sociedad m?s preocupada por los derechos de los consumidores que por los derechos humanos, critic?ndose cualquier insufiencia material.
Asistimos a una aut?ntica paradoja, en un momento de la historia de la humanidad en el que las personas manejan un mayor volumen de informaci?n los individuos se muestran incapaces de asimilarla y procesarla para reafirmar, reconstruir o edificar sus identidades, los acontecimientos pierden significado m?s all? del impacto puntual que son capaces de generar los mass-media. La informaci?n ha entrado de lleno en los circuitos de la l?gica del consumo fragilizando los procesos de construcci?n de las identidades colectivas y personales. Nos encontramos en una sociedad medi?tica que se rige por el principio consumista del usar y tirar.
Una de las consecuencias obvias de la globalizaci?n es la homogeneidad cultural, pero no es la ?nica. La diversidad cultural podr?a ser tambi?n un resultado de la transmisi?n. En varias partes del mundo se est?n adoptando nuevos modos de vida y de pensamiento con relativa facilidad. En otras ?reas, tal adopci?n encuentra ciertos obst?culos, tales como un tradicionalismo exagerado o la ausencia de los medios t?cnicos necesarios para absorber con ?xito «nuevos» elementos de cultura. En algunos casos, el orgullo nacional o el orgullo por el patrimonio cultural local fomentan el rechazo de los elementos culturales «extranjeros». Este factor «subcultural» puede definirse, de forma general, como la idea de que es indispensable conservar una identidad cultural tradicional u original en un mundo que parece evolucionar hacia la unidad cultural.
Para nuestra juventud, futuro de la humanidad, la interconexi?n a nivel mundial le permite recibir nuevas impresiones y experiencias mediadas por la televisi?n o por Internet, que proceden de lejos y que son, en realidad, productos vendidos por las empresas que los elaboran.
En el contexto actual, se ha pasado de una generaci?n de j?venes que ten?an o hab?an tenido como problema central la represi?n (pol?tica, sexual, moral, familiar, educativa…), a unas generaciones que tienen como problema central la identidad.
Los j?venes, m?s que vivir una situaci?n de crisis o de desestructuraci?n parecen a-estructurados. Sin identidades ni referencias claras y distintas y con la tranquila aceptaci?n de qui?n no lo vive como una p?rdida, sino como su normalidad vital. El problema de la identidad no es vivido con ninguna clase de sentimiento de tragedia, pero sigue ah?. Es como una especie de aceptaci?n conformada, que se apoya en la seguridad de que la vida da lo que da de s? y punto, sin mayor preocupaci?n.
Nuestros j?venes han nacido y crecido en el pluralismo, en el estallido de las cosmovisiones o sistemas de creencias; la necesidad de aprender a vivir en este nuevo ecosistema axiol?gico la comparten con todo el mundo.
Hasta ahora, lo que hab?a funcionado en lo referente a la construcci?n social de la identidad eran las ideolog?as como modelos de sociedad y las morales como proyectos normativos de vida.
La climatolog?a vital dominante, en este momento, es una especie de desarraigo, un flujo hecho de acontecimientos no muy trascendentes. Ahora no se trata de generaciones que hayan pasado del no tener al tener, o lo hayan conseguido trabajosamente. Todo lo contrario.
Esta situaci?n conduce a lo que Lyotard llama «condici?n postmoderna», un estado de cosas en el que vive el hombre contempor?neo de los pa?ses desarrollados.
Se trata de una cultura identificable por varios signos: b?squeda de calidad de vida, pasi?n por la personalidad, sensibilidad ecologista, abandono de los grandes sistemas de sentido y generaci?n de un culto a la participaci?n y expresi?n, instauraci?n de la moda retro, rehabilitaci?n de lo local, de lo regional, de determinadas creencias y pr?cticas tradicionales. Una mayor flexibilidad y diversificaci?n que apoya las elecciones privadas y las singularidades individuales.
Es la sociedad del hombre postmoderno. La consigna de este sujeto es mantenerse joven y hermoso. Se encumbra el placer y el cuerpo. Ya no se habla de dietas, gimnasias o tratamientos m?dicos para sentirse f?sicamente bien, sino para lucir un ?envase? o ?envoltorio? atractivo y lo m?s joven posible
La configuraci?n consciente de las identidades se encuentra ahora en suspenso
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